Marcos 5, 21-30; 33-43. Fe activa e itinerante para cuidar la vida.

Este domingo nos fijamos en dos personajes del Evangelio: en Jairo, jefe de la sinagoga y en la mujer, de la que no se dice su nombre sino que se la identifica por su enfermedad y su impureza. Recordemos que en la mentalidad de la época, toda persona que tocara sangre o a un cadáver era considerado impuro.

Tanto Jairo como la mujer son personajes llenos de coraje. Cada uno a su manera y desde su situación se atreven a romper barreras para conseguir que Jesús atienda a su necesidad. El primero tuvo que superar los prejuicios religiosos. Él era un jefe religioso, y seguramente sabía lo que se decía de Jesús, de sus curaciones en sábado, de su convivencia con los pecadores, etc., y por lo tanto se exponía a ser descalificado por sus correligionarios por este acercamiento.  Sin embargo, vemos a un hombre que ruega con insistencia, y a la vista de todos, que su hija sea curada. Por otro lado, la mujer anónima, impura y avergonzada de su mal, ni siquiera se siente digna de hablar con Jesús. Sale por detrás de la multitud y se atreve a tocar su manto.

El atrevimiento de Jairo y de la mujer antecede a la acción de Jesús. Las acciones de cada uno expresan el valor de la fe; la fe en Jesús es lo que los mueve a superar miedos, descalificaciones, prejuicios y barreras para obtener la salud y la vida.

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