Jesús es la cepa cultivada con dedicación por su Padre y por eso da frutos a través de sus sarmientos o ramas. Él nos compara con las ramas revelándonos el vínculo tan profundo y vital que nos une a Él. En el plano espiritual, la unión se da por la savia divina que nos recorre y que se manifiesta en nosotros con proyectos vitales y capacidad creadora.

Entonces, ¿cómo es que también somos  capaces de cultivar proyectos de no vida? Jesús, el maestro, nos lo aclara: si las ramas no estamos unidos a Él, nos secamos; la linfa divina que corre dentro de nosotros se corta y perdemos la capacidad creadora y protectora que recibimos como don. Jesús quiere que demos fruto abundante, nuestra plenitud es la gloria del Padre: «Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos» (Jn 15,8). Es pues una característica del discípulo el desborde de vida y de comunión con el mundo que lo rodea.

Por eso, como discípulos de Cristo Jesús,  necesitamos ser podados de ideas y de actuaciones que nos meten en círculos viciosos y nos enfrentan con el mundo, con los hermanos y con nosotros mismos. Necesitamos cultivar nuevos pensamientos positivos acerca de la vida, de la sociedad y de la relación con la naturaleza. De otro modo, seguiremos siendo presa del paradigma consumista que se transmite por los medios de comunicación y a través de los eficaces engranajes del mercado (cf. LS 216). Dicho paradigma nos atrae poderosamente pero nos roba la paz, nos enfrenta con los otros y con nuestro mundo. En definitiva, nos corta la linfa de la vida divina que corre por nuestras venas. Permanezcamos unidos a la Vid verdadera que es Cristo, garantía de fruto abundante y plenitud de vida para ser compartida.

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