El misterio de la Santísima Trinidad es el que muestra el Evangelista Mateo en este domingo (Mt 28, 16-20). La comunidad mateana recogió en estos versículos el sello indeleble del ser cristiano: el bautismo en el nombre de la Trinidad. “Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). De ahí que, en razón de nuestro Bautismo, somos llamados a profesar nuestra fe en la Santísima Trinidad (cf. CEC 189). Por tanto, el misterio de la vida que se desarrolla solo y a través de la diversidad no ha de resultar extraño para los creyentes que creemos en un Dios Trinidad; contrariamente hemos de constatar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria (cf. LS 239).

Las Personas divinas -Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo- son realmente distintas entre sí. “Dios es único pero no solitario” (cf. CEC 254). Confesar el valor de la comunión en la diversidad es inherente al cristianismo y por tanto al modo de vivir nuestro compromiso creyente en el mundo. Hace dos siglos I. Kant escribía: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil». El planteamiento del filósofo prusiano estaba lejos de la realidad porque «la fe en la Trinidad cambia no sólo nuestra manera de mirar a Dios sino también nuestra manera de entender la vida» (A. Pagola).

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