«En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación» (LS 236)

El Evangelio de este domingo nos presenta el más precioso don que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia: el Misterio eucarístico (Cf. EE 9). Desde aquella última cena, y a lo largo de los siglos, en el humilde signo del pan y el vino, Jesucristo nuestro Señor sigue entregando el don de sí mismo, de su persona, de su Cuerpo y su Sangre: «Tomad, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre» (Mc. 14, 22-23).

Es realmente asombroso considerar que el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo humano, han sido los elementos elegidos por nuestro Señor para perpetuar su presencia viva entre nosotros. La encíclica Laudato sí’ expresa esta excepcional verdad: «El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él» (LS 236).

Y así es, nada más cierto y hermoso, tener a Jesucristo presente bajo las apariencias de pan y vino, y más aún, comiéndolo en las especies consagradas. Esto es así, sin más explicación, Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía. «No veas -exhorta San Cirilo de Jerusalén- en el pan y el vino meros elementos naturales, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa» (EE 15).

Os dejamos los enlaces para descargar la reflexión completa del EcoEvangelio y el Ecopost.

Reflexión EcoEvangelio
Ecopost