Hoy recordamos la figura del primer Moderador del Catecismo de la Diócesis de Santiago de Compostela, Don Baltasar Pardal, el «amigo de los niños».

D. Baltasar fue un sacerdote, un pastor, en quien la dedicación a la catequesis ocupó su corazón, su tiempo, su entrega apostólica. También fue un educador.

D. Baltasar no fue exegeta ni un técnico en la interpretación de la Sagrada Escritura. Fue oyente orante y fiel de la Palabra de Dios, testimoniada y consignada por escrito en la Sagrada Escritura. La leyó, estudió y utilizó como un buen estudiante de Teología y como un buen pastor, tanto en la predicación como particularmente en la catequesis. Así como a María le fluía la Palabra de Dios, porque ella habitaba en la Casa de la Palabra y la Palabra habitaba en su corazón, como muestra con numerosas referencias el Magníficat, de manera semejante D. Baltasar tenía en la Escritura su campo más fecundo, su seguridad más firme y abundante repertorio de textos y de orientaciones. La autoridad de la Sagrada Escritura leída en la Iglesia le garantiza acierto y seguridad.

D. Baltasar era hombre de acción y de grandes convicciones (cf. p. 264); lo que vivió y creyó, lo enseñó con insistencia y simplificación, con persuasión personal que transmitía luz y amor.

Entre los rasgos de su espiritualidad pastoral hay uno que llama particularmente la atención: la radicalidad, es decir, ir a la raíz. O todo o nada. El único estímulo de esta entrega fue su caridad. Está persuadido de que sin caridad no hay vida. Como Pablo, se siente urgido por el amor de Cristo (cf. 2 Co 5, 14). El amor moviliza todas las potencialidades del hombre. «La caridad hace de uno lo que es y lo que debe ser». Por otro lado, está convencido de que «ninguna obra buena se viene abajo por falta de dinero, si abunda el amor». «Si nos compadecemos de los demás, Dios mira por nosotros».

D. Baltasar sabe que la mediocridad no sacia el corazón de la persona, ni realiza nada importante en la vida. Frente a la mediocridad, los cálculos falsamente prudentes y las cautelas y componendas, se entrega de lleno, enteramente a la misión que Dios le confía. Por eso podía aparecer a veces impositivo; la ambigüedad y vacilación proceden de una decisión menguada. En Cristo las promesas de Dios son “sí”; no fueron “sí” y “no” (cf. 2 Co 1, 19).

Otro rasgo iluminador de su espiritualidad, vivido con sinceridad, autenticidad, sin ideologizaciones ni fachadas de imagen, fue la pobreza, que abarca todo el arco de actitudes que aparece en el Evangelio: la pobreza que es sencillez, infancia espiritual y transparencia de espíritu; la pobreza que es poner el corazón no en el dinero y las seguridades, sino en Dios; la pobreza que es participar en la suerte de los pobres, compartiéndola en la proximidad, con la ayuda posible y sin “desclasarse”. El Hijo de Dios, al encarnarse, descendió; hizo la opción de ser pobre (cf. Flp 2, 6-7; 2 Co 8, 9).