¡Venga sobre nosotros tu misericordia, Señor,  y tendremos  la vida!

La  Resurrección no es un retorno a la vida anterior en la tierra. Jesús no regresa a esta vida biológica que conocemos para morir un día de manera definitiva. La resurrección no es el renacimiento de un cadáver. Es mucho más.
Para los primeros cristianos la resurrección de Jesús no lo confunden con lo que le ha ocurrido, a Lázaro, a la hija de Jairo o al joven de Naím. Jesús no vuelve a esta vida, sino que entra definitivamente en la «Vida» de Dios. Una vida liberada donde ya la muerte no tiene ningún poder sobre él. Lo afirma Pablo de manera convincente:

Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, no vuelve a morir, la muerte no tiene ya dominio sobre él. Porque cuando murió, murió al pecado de una vez para siempre; su vivir, en cambio, es vivir para Dios. (Rm 6,9-10).

La resurrección de Jesús es una actuación de Dios que, con su fuerza creadora, lo rescata de la muerte para introducirlo en la plenitud de su propia vida. Dios acoge a Jesús en el interior mismo de la muerte, infundiéndole toda su fuerza creadora.

Con esta intervención de Dios se inicia la resurrección final, la plenitud de la salvación. Jesús resucitado nos ha anticipado a disfrutar de una plenitud que nos espera también a nosotros. Su resurrección no es algo privado, que le afecta solo a él; es el fundamento y la garantía de la resurrección de la humanidad y de la creación entera. Jesús es «primicia», primer fruto de una cosecha universal. (1Cor 15,26)

«Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su fuerza». (1Cor 6,14)

Resucitando a Jesús, Dios comienza la «nueva creación». Sale de su ocultamiento y revela su intención última, lo que buscaba desde el comienzo al crear el mundo: compartir su felicidad infinita con el ser humano.

Es desde este acontecimiento en donde Dios nos quiere rescatar de la muerte para introducirnos en la plenitud de la vida, porque lo sucedido en Jesús es garantía y seguridad de que Dios salva a los hombres de la muerte (1 Cor.15, 12-22).

Es necesario que prolonguemos este tiempo de pascua, que sigamos celebrando el AMOR, LA PLENITUD DE LA VIDA, EL TRIUNFO SOBRE LA MUERTE.