María nos enseña a ser catequistas
María es la primera catequista, la anunciadora del misterio. Con su actitud catequística sale después de haber escuchado la Palabra y de haberla recibido en su corazón. Y este haberse hecho carne en su seno va camino hacia un proceso para proclamarla y anunciarla. La anuncia con su presencia, que despierta en Isabel la captación del anuncio que surge de quien lleva dentro María, Jesús.
Así es el proceso catequístico, supone una escucha de la Palabra en el contexto en que esta resuena, en este caso en la maternidad de estas dos primas y en relación a ese contexto la Palabra viene a iluminar, viene a mostrar camino y después de ser recibida y escuchada, es celebrada. La Palabra recibida es proclamada, la Palabra proclamada en el contexto donde viene a iluminar termina por ser celebrada: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha mirado la humildad de su servidora.”
María catequista viene a nuestro encuentro, catequistas, para llenar nuestros corazones de este don maravilloso. Queremos invitaros a renovar ese don descubriendo cómo el Señor nos ha llamado personalmente junto a María, a anunciar la Palabra, cómo esta vocación es gracia, como en ella y don del Espíritu Santo… La vocación catequística, es la llamada personal a anunciar la Palabra, la presencia del Espíritu y el don profético que se encierra en este ministerio.
Tú que llegaste a la situación de ser catequista… -tal vez lo más hermoso que hay dentro de la comunidad eclesial es ser catequista  al servicio de la Palabra,- es posible que no sepas o no te puedas dar cuenta, al menos tan rápidamente, de cómo llegaste a estar prestando este servicio. Como le pasó a María, que fue sorprendida por esta presencia del Espíritu que tomó su corazón y de repente se vio embarazada de Dios, llena de la Palabra para ser anunciada, tan llena y desbordante, que, rápidamente se pone en camino para anunciarle a Isabel el misterio que a ella la tiene embargada en el corazón.

Ser catequista, una llamada
Tal vez ni sepas cómo es que llegaste a ser catequista y hasta visto de un modo superficial, puede parecer que fuera por casualidad, pero en realidad, nada a los ojos de Dios ocurre por casualidad, sobre todo cuando Él elige a sus colaboradores inmediatos como lo eres tú, querido catequista.
Jesús pasa una noche en oración antes de llamar a sus discípulos; en otra ocasión subió al monte a hacer oración y les dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”. Ha sido el Señor quien de una u otra forma ha ido entretejiendo esa sabia trama de circunstancias que te hicieron saber que Él te llamaba.
Tal vez no te hayas dado cuenta pero en ese mismo impulso interior tuyo estaba presente Él como lo estuvo en María cuando rápidamente salió al encuentro de su prima Isabel para proclamarle la Buena Noticia que tenía ahora en lo más hondo de su ser.
Que no sea la tuya de esas elecciones resignadas a una invitación que te llega tal vez creada desde el vacío, o la de un compromiso que surge «así fue y lo elegí; ahora tengo que seguir adelante» sino que sea un profundizar. María, la Madre de Dios, tu Madre, viene a mostrarte el modo de entenderte en esta vocación que su Hijo Jesús te ha regalado.

María, modelo de catequista
Ella es la primera catequista, y para serlo te muestra el camino, el de la escucha de la Palabra, el de la reflexión desde la escucha y desde los acontecimientos que la rodean, el anuncio de la Palabra y la celebración del Misterio que se ilumina.
María te muestra que para ser catequista como ella, hace falta actitud de escucha, actitud de discernimiento, dejarse llevar por ella y celebrar lo que la vida te ofrece como lugar para ser celebrado. Que esta vocación tuya, de las más importantes dentro de la comunidad de la Iglesia, sea una fiesta.
En un documento, que ahora no recuerdo cual, se dice algo así “La vocación profética de cada uno de los miembros del pueblo de Dios tiene su origen en la consagración bautismal a Cristo, se desarrolla y se especifica a través de los otros sacramentos a través de ministerios diversos». Por lo tanto, todo cristiano es responsable de la Palabra de Dios según su vocación y sus circunstancias vitales. Se trata de una responsabilidad enraizada en la vocación cristiana, que brota del bautismo y es solemnemente vigorizada en la confirmación, se califica de manera singular con el matrimonio y en la ordenación sagrada, y se sostiene con la Eucaristía.