Uno de los títulos más significativos para mí que se han dado a María ha sido siempre el de MADRE. María es la Madre, esa mujer cercana que con un sentido muy especial llega a comprenderme y a amarme tal y como soy, con mis defectos y virtudes.

Recuerdo que de niño, eran muchas las veces que repetía: «madre, madre, madre…» Dentro de mí fluían unos sentimientos inconfundibles e inexplicables. Siento tierna emoción y me vienen recuerdos cariñosos cuando pronuncio la palabra «MADRE». Es cierto que todos llevamos algo del padre, pero sin duda dentro de nosotros hay una fuerza que nos empuja a sentir un algo especial por la madre. Y por eso mismo, porque el reflejo más claro de la maternidad es la entrega generosa y desinteresada, desde el amor, un Papa, Juan Pablo I, llegó a decir de un modo cariñoso, que Dios tiene mucho más de «Madre» que de «Padre».

Mi corazón se ensancha cuando descubro que junto al Padre bueno, tengo una Buena Madre. Una Madre que como muchas, llegan a sentir ellas mismas en su corazón, las alegrías y las tristezas de sus hijos. Los logros y los fracasos los vive como si ella misma se jugara toda la vida en el empeño.

Siento profunda conmoción al contemplar en los periódicos y reportajes televisivos imágenes de mujeres que con rostro dolorido corren de un lado a otro o esperan a no sé qué y mantienen entre sus brazos débiles, pero con firmeza de madre,  a sus pequeñas criaturas que duermen ajenas a la realidad o claman con su llanto infantil, por un mundo más justo y humano, un mundo más repartido y más fraterno. Tienen rostros curtidos, expresiones de dolor y confusión. Sin embargo, saben que entre sus manos guardan lo más precioso de su vida. El tesoro de su corazón.

El abrazo de una madre nunca se olvida. Cuando veo que ella cubre el cuerpo pequeño del hijo, siento que intenta hacer de nuevo que el hijo vuelva a las entrañas donde estaba protegido de los acontecimientos de este mundo. Cuando el abrazo de la madre está acompañado por el baño de una lágrima de dolor, aún se me encoge más el corazón y en alguna ocasión he sentido un profundo rasgón en mi alma difícil de reparar. Rostros curtidos y ojos húmedos ante el llanto de un hijo que muere de dolor, muere de hambre, de tristeza…

Dicen que la madre nunca suele morir. Cuando su cuerpo desaparece de nuestro lado y nuestros ojos no contemplan su rostro; cuando su cuerpo y alma retornan al origen de todo; cuando descansa y goza  del Padre, dicen -los que han tenido que pasar por este duro trance- que aún sigue en nuestro corazón el abrazo, el amor y la imagen de aquella mujer que supo y entendió mucho de entrega y cariño. Me resulta difícil olvidar los buenos recuerdos con mi madre.

La madre es todo al mismo tiempo. Es sagrada y profundamente humana, luz y tinieblas, estrella y duda, canción y silencio, exigencia e intensa ternura, faro en la tormenta y sosiego en la bonanza. Ella es la que a pesar de lo difícil que nos pueda resultar el vivir, siempre nos muestra la lámpara de la esperanza, la luz ante el horizonte aparentemente perdido y la palabra alentadora en los momentos oscuros de la vida.

No sé dónde encontré las siguientes sentencias, pero cuando tengo que hablar de la madre, siempre me vienen a la mente:

  • Madre es una mujer que entrelazó sus manos con las manos de un hombre para formar entre ambos una cuna.
  • Madre es una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados.
  • Madre es una mujer que, si es ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y, si es instruida, se acomoda como nadie a la simplicidad de los niños.
  • Madre es una mujer que, siendo vigorosa, se estremece con el llanto de un bebé y siendo débil, sabe revestirse a veces con la bravura de un león..
  • Madre es una mujer que tal vez enseñe al hijo pocas cosas, pero aquellas que le enseña son las que marcan el sentido de cuanto después se aprende.
  • Madre es una mujer, con un poder tan grande, que sólo ella, ella solamente, es capaz de borrar de este planeta esa triste figura que a todos impresiona y que se llama huérfano.
  • Madre es una mujer con un destino y vocación tan ineludibles que hasta el mismo Dios quiso sentir la cálida emoción de necesitar una.
  • Madre es todo eso… y aún mucho más.
  • María se nos presenta como Madre. Es tan importante y tan preciosa la experiencia de la madre, que hasta el mismo Dios en su grandeza quiso tener una. Quiso sentir la ternura de sus manos, el cariño de unos labios cálidos sobre su rostro y los brazos tiernos y fuertes al mismo tiempo, en torno a su cuerpo. Esa es quizá la gran lección. Ser madre es importante. Siempre se ha dicho que se valora a la madre cuando esta falta. Saber valorar a la madre hasta descubrir la maravilla que lleva en sí, es el gran camino que hemos de recorrer poco a poco. María es la MADRE. Ella es mi Madre, y descubrir a la Madre implica ir descubriendo al Hijo, a Jesús. Y es que  no puede haber persona alguna y más cualificada que sea capaz y con mayor logro que María, la Madre, para poder llegar a conocer en su plenitud a Jesús, el Hijo. María es la mujer elegida por Dios para ser la Madre de Jesús, de Dios mismo. Del Dios que se encarna y toma nuestra condición frágil y débil de ser humano. No se quiso privar de tal alegría y tal hermosura. Desde el principio de los orígenes Dios no quiso quedarse al margen de sentirse lo que era ser humano en plenitud, por eso decidió serlo hasta vivir la experiencia inolvidable de tener una Madre y ser hijo.

¡FELICIDADES A TODAS LAS MADRES!