Por pedagogía catequética de la fe celebramos hoy, dentro de la cincuentena pascual, la ASCENSIÓN DEL SEÑOR, como fiesta litúrgica individualizada. Por los testimonios escritos de la antigüedad cristiana sabemos que esta festividad no se celebró no se celebró en la Iglesia, tanto oriental como latina, antes de finales del s. IV. El motivo que indujo a «interrumpir» la cincuentena pascual fue la cifra de los cuarenta días que entre la resurrección y la ascensión del Señor apunta Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, de hecho, no se da tal interrupción, pues la exaltación y el paso de Jesús resucitado a la gloria del Padre no es sino el aspecto plenificante del acontecimiento único que es su misterio pascual.

Según los textos bíblico y litúrgicos de hoy, de la exaltación de Cristo a la derecha del Padre se deriva una doble consecuencia o dos dimensiones de una misma realidad:

1º) Respecto de Jesús: la plena soberanía espiritual. Cristo resucitado es constituido por el Padre, Señor del Universo y de la historia, cabeza de la nueva humanidad y de la Iglesia que es su cuerpo y plenitud. Así lo expone san Pablo en la segunda lectura.

2º) Respecto de nosotros, la Iglesia: el mandato misionero. Es el envío para la evangelización y el testimonio que Jesucristo, con pleno poder en el cielo y en la tierra, transmite a la comunidad eclesial, representada inicialmente en los Once. Así lo exponen la primera lectura y el evangelio.