Una de las aspiraciones más profundas de las personas de nuestro tiempo, signada por la comunicación, se puede sintetizar con dos palabras: SER ESCUCHADOS.

Los padres se quejan porque los hijos no cuentan lo que les pasa. Los hijos se quejas de que sus padres no los comprenden, no los escuchan. Los amigos se quejan de que sus amigos no les dedican el tiempo necesario. El marido se queja de su mujer y la mujer de su marido. ¿Qué es lo que pasa? Muchas personas son reservadas y no les gusta hablar de sus cosas, pero necesitan saber que hay una persona en la que pueden confiar y que está dispuesta a escucharlos en cualquier momento. Otras prefieren no hablar porque no encuentran el lugar apropiado para hacerlo.

Cualquiera sea nuestra situación es conveniente que pensemos en esto, para ofrecer un espacio de escucha a otros que pueden contar con nosotros para hablar y, al mismo tiempo, brindarse con apertura y generosidad a que otros escuchen nuestras inquietudes y problemas.

En la vida se pueden tomar diferentes actitudes. Está el que no ayuda porque nadie le pide ayuda. Está también el que no hace nada porque piensa que los demás no lo necesitan. Por otro lado encontramos al que no se preocupa por los demás porque piensa que no tiene nada para dar. Por último está aquel que a pesar de que le piden ayuda, piensa que eso de la solidaridad no es para él. Ninguna de estas actitudes nos ayuda, ni a nosotros mismos ni a los demás.

Como bien dijo el Papa Francisco a las familias de México en su visita pastoral: “Muchos adolescentes sin ánimo, sin fuerza, sin ganas, esa actitud nace porque se sienten solos, porque no tienen con quien hablar. Piensen los padres, pienses las madres. ¿Hablan con sus hijos e sus hijas? ¿O están siempre ocupados, apurados? ¿Juegan con sus hijos y sus hijas? La precariedad, la escasez, el no tener muchas veces lo mínimo nos puede desesperar, nos puede hacer sentir una angustia fuerte ya que no sabemos cómo hacer para seguir adelante y más cuando tenemos hijos a cargo. La precariedad no solo amenaza el estómago (y eso es ya decir mucho), sino que puede amenazar el alma, nos puede desmotivar, sacar fuerza y tentar con caminos o alternativas de aparente solución, pero que al final no solucionan nada.  Existe una precariedad que puede ser muy peligrosa, que se nos puede ir colando sin darnos cuenta, es la precariedad que nace de la soledad y el aislamiento. Y el aislamiento siempre es un mal consejero.

Manuel y Beatriz usaron sin darse cuenta la misma expresión, ambos nos muestran como muchas veces la mayor tentación a la que nos enfrentamos es «cortarnos solos» y lejos de «echarle ganas»; esa actitud es como una polilla que nos va corroyendo el alma, nos va secando  el alma.

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