Iniciando el año litúrgico, la Iglesia nos propone reflexionar sobre el misterio de la Encarnación, este misterio es uno de los ejes centrales de nuestra fe y es también uno de los criterios fundamentales para toda la acción pastoral de la Iglesia. A propósito de estas fechas nos detenemos a reflexionar en la implicación que tiene este misterio para la catequesis.

Dios, en la encarnación del Hijo, asume todo lo humano, lo más profundo que hay en la persona humana. Por lo tanto, hablar de encarnación es hablar de la humanidad de Jesús, lo cual equivale a hablar no solo de su condición terrena, sino que consiste en afirmar que solo es posible alcanzar la plenitud de lo divino en la medida que nos empeñamos por lograr la plenitud de lo humano, esa fue la dirección del camino que nos trazó Jesús. Pues con la Encarnación la historia ya no podrá ser separada del lugar humano donde el hombre se encuentra con la trascendencia.

Jesús cambió el concepto de Dios y el modo de relacionarnos con Él. Si efectivamente creemos que Jesús es la revelación más plena y profunda de Dios, entonces tenemos que decir que Dios no se comprende a partir del poder y la grandeza. Porque, si lo más profundo de Dios es la debilidad, entonces a Dios no se le encuentra en el poder de este mundo. Si estamos convencidos de que lo más hondo de Dios es la debilidad, está claro que cada persona y también cada institución -incluida la Iglesia- encuentra a Dios, en la medida en que se hace solidaria con la debilidad:

Algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.  (EG 88)

La catequesis de Jesús se dirige esencialmente a la vida concreta del hombre, a su problemática y necesidad de salvación, a las situaciones religiosas vividas en la existencia diaria.  Jesús nos dijo, y nos sigue diciendo, que, por encima de todas las teorías y teologías, el único camino para encontrar a Dios es unirse, fundirse y confundirse con todo lo que es debilidad, dolor, sufrimiento y pobreza en esta vida:

A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos “permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura.  (EG 271)

La catequesis ha de estar atenta a todos estos rostros sufrientes: los sin techos, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, las personas victimas de la red de prostitución, los que sufren exclusión, maltrato y violencia, los niños por nacer, y tantos otros seres frágiles e indefensos que habitan en la periferia, que muchas veces quedan a merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado, en ello el conjunto de la creación. En otras palabras esto significa que debemos «darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo que sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana». (EG 169).

La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: «lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt 25,40); lo que hacemos con los demás, tiene una dimensión trascendente. De allí que el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia. 

 

Bibliografía: 

J. L SEGUNDO, Teología de la liberación. Respuesta al Cardenal Ratzinger, Madrid, Cristiandad, 1985.

J. M. CASTILLO, La humanidad de Jesús, Madrid, Trotta, 2016.