Tanto a la comunidad como a Tomás, el Señor les descubrió sus heridas; con estos signos manifestó su presencia resucitada. En nuestro tiempo, el Señor sigue revelándonos su presencia, tanto al partir el pan de la Eucaristía como en las llagas de sus manos y costado traspasado presente ahora en nuestros hermanos pobres y necesitados. A esto se refiere el Papa Francisco cuando dice a los jóvenes: «Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la eucaristía».

Entrar en el misterio de las llagas del Resucitado descubiertas en los necesitados, es penetrar en el misterio de su amor misericordioso (cf. Francisco). Misericordia en el doble movimiento, tanto de recibirla como de practicarla, «Quien desee alcanzar misericordia en el cielo, debe practicarla en este mundo» (San Cesáreo de Arles). 

En este día, en el que celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, el EcoEvangelio nos invita a aprender de la incredulidad del discípulo para ir más allá del solo escuchar, y atrevernos a tocar las heridas de los otros, en este caso, la de los desplazados climáticos. Esto conlleva, entre otras cosas, mirar a fondo la crisis climática y asumir que «el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta» (LS 48); conlleva también “ecologizar” nuestros pensamientos y acciones, empezando por conocer el problema. El Movimiento Católico Mundial por el clima ofrece una amplia información y formación al respecto.

Que a la luz del Resucitado podamos “confesar nuestra fe” y, tocando estas heridas, nos involucremos en la lucha para «resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo» (LS 13). 

Si quieres leer la reflexión completa del EcoEvangelio te dejamos el PDF descargable.

ECOEVANGELIO II DOMINGO DE PASCUA