La parábola del Buen Samaritano, es unos de los textos que nos dice claramente quién es mi hermano y cómo hacer efectivo el compromiso con él.

…Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: «Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta… Lc 10, 33-35

Es aquí donde Jesús nos invita a observar cuidadosamente las acciones del samaritano. Todo lo que él hace está movido por la “misericordia”: se “aproxima”, “cura sus heridas”, le cede su propio puesto “montándolo en la cabalgadura”, lo “lleva a una posada” y “cuida de él”. Finalmente da su propio dinero para que el tratamiento del herido vaya hasta el final. Y cuando se despide todavía prevé un nuevo encuentro: “cuando vuelva”, le dice el samaritano al posadero (10,35b).

Por lo tanto ahora se comprende por qué se puede decir que “Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar, se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto en mi compromiso práctico aquí y ahora”. Este tipo de compromiso del cristiano transforma y extiende a todos los prójimos, haciendo hermanos a todos los hombres.

El mejor camino para encontrar a Dios es el del compromiso al prójimo; ya que si cerramos los ojos ante él, esto nos convertiría también en ciegos ante Dios(Carta Encíclica, Deus CaritatisEst, No. 4).

El Papa Juan Pablo II en su carta encíclica sobre el evangelio de la vida expresa que:

“Lo que debemos asegurar a nuestro prójimo es un servicio de amor, para que siempre se defienda y promueva su vida, especialmente cuando es más débil o está amenazada. Es una exigencia no sólo personal sino también social, que todos debemos cultivar, poniendo el respeto incondicional de la vida humana como fundamento de una sociedad renovada”(No. 142).

GGGHablar pues del amor al prójimo es disponerse ante todo a hacer bien al otro. Esto permite a la persona mirar ya no con los ojos y sentimientos propios, sino desde la perspectiva de Jesús, descubriendo sus anhelos profundos y compartiendo con la mirada de amor que el otro necesita. Y por lo tanto podemos decir que “el amor y el compromiso van de la mano”.

preguntas para reflexionar:

¿Alguna vez he actuado como el sacerdote o el levita negando mi ayuda?
¿Quiénes son las personas de mi entorno que más necesitan de mí y a quienes algunas veces he negado mi ayuda oportuna?
¿Qué ayuda me pide cada una de ellas?
¿Cómo me comprometo con ellos?