Cristo, muerto y resucitado, Misterio del Amor divino

Queridos diocesanos:

El Papa en su Mensaje escribe que la Cuaresma es “un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida personal y comunitaria”. El tiempo litúrgico de la Cuaresma da paso al Triduo Pascual en el que celebramos este misterio, núcleo de la fe cristiana, en el que se manifiesta que para el cristiano la vida es Cristo. Hemos de conformarnos con Él y con su Evangelio para que nuestra vida cristiana sea auténtica. El cristiano es el hombre “que ha sido alcanzado por Cristo Jesús” (cf. Fil 3,12). El apóstol Pablo lo expresaba así: “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él y la fuerza de la resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3, 8-11).

Llamada a la conversión

La Iglesia en este tiempo de Cuaresma nos llama con insistencia a la conversión que “es un acto interior de una especial profundidad, en el que el hombre no puede ser sustituido por otros, ni puede hacerse reemplazar por la comunidad”[1]. Cristo nos amó y se entregó por nosotros (cf. Gal 2,20), siendo pecadores. “Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez”[2]. En estos momentos también Dios, paseándose a la hora de la brisa en el agobio de nuestros afanes, nos pregunta como a Adán “¿dónde estás? Él contestó: oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí” (Gen 3, 9-10). La conciencia de su desnudez y el miedo ante la presencia de Dios delata su culpabilidad. Adán trata de no culpabilizarse culpando en este caso a Eva. Es una forma de actuar propia de la condición humana, ignorando que “en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa”[3]. También nosotros percibimos nuestra desnudez en la pretensión de ser como Dios en el conocimiento del bien y el mal, y de salvarnos confiando en nuestras fuerzas sin darnos cuenta que la salvación viene de Dios, siendo Cristo quien nos ha redimido.

Volver a la casa del Padre

Necesitamos que Dios nos vista con la túnica de su gracia al volver como el hijo pródigo a la casa del Padre. “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia”[4]. Para ello es necesario entrar dentro de nosotros mismos y ver donde nos encontramos, intensificar la oración, escuchar la Palabra de Dios y estar vigilantes con el oído a la puerta para que cuando el Señor venga y llame nos encuentre bien despiertos con la lámpara de nuestra fe encendida. Salir al encuentro de Cristo conlleva encontrarse con los demás en los que vemos las llagas de su pasión, “presentes en las nuevas víctimas inocentes de las guerras, los abusos contra la vida, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría”[5]. A este respecto Jesús nos advertía: “Mirad, guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes” (Lc 12,15). De manera especial en la Cuaresma la Iglesia nos invita a dar limosna que es una forma de compartir con caridad los bienes con los necesitados y que nos hace más humanos. Nuestra tentación es construir graneros más grandes y almacenar el trigo de la cosecha y los bienes pensando en el bienestar y el confort de uno mismo, sin ser conscientes de que en cualquier momento nos pueden pedir cuentas y olvidando que hemos de ser ricos ante Dios (cf. Lc 12, 18-21).

24 Horas para el Señor

En este camino cuaresmal os recuerdo la celebración de las 24 horas para el Señor, que tendrán lugar el viernes 20 y el sábado 21 de marzo, dejándonos guiar por las palabras de Jesús a la pecadora: “Tus pecados te son perdonados” (Lc 7,48). En la adoración eucarística encontramos también el ambiente propicio para celebrar el Sacramento de la Reconciliación cuya experiencia nos lleva a ser misericordiosos con los demás. Ruego que en las parroquias, en las comunidades religiosas y en nuestros Seminarios se programen momentos de adoración al Santísimo, lectura de la Palabra de Dios y celebraciones penitenciales en el contexto de esta celebración.

¡Buen camino hacia la Pascua! Os saluda con afecto y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1] JUAN PABLO II, Redemptor hominis, 20.

[2] FRANCISCO, Christus vivit, 123.

[3] JUAN PABLO II, Reconciliatio et paenitentia, 16.

[4] FRANCISCO, Evangelii gaudium, 6.

[5] FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2020.