¡Hola queridos catequistas! Nos encontramos de nuevo, tratando de reavivar nuestra vocación con unas chispas de espiritualidad. La frase para meditar esta semana es:

¡Catequista con corazón de madre!

Haciendo alusión a estos días que celebramos a nuestras madres, descubrimos en el catequista una actitud casi innegable de corazón maternal.
¡Que hermoso ver los pies del mensajero que trae buenas noticias! Dice la Escritura, pues así mismo podemos decir: “Qué hermoso ver al catequista que trae en sí mismo actitudes de ternura, cuidado y sencillez maternal”.
Sí, podemos afirmarlo, en rectitud al testimonio de las mayorías; todo catequista -sea hombre o mujer- tiene un corazón de madre que se inclina haciéndose uno con los pequeños cuando estos le demandan una pregunta, queja o atención. No solo se inclina corporalmente sino que se abre a la humildad y transparencia de un niño… Cuando un pequeño le muestra su dibujo, el catequista viendo con ojos de amor y descubriendo más allá de los colores y las imágenes, ve la dedicación y valor de la persona que tiene frente a él y expresa ¡Qué bien! ¡Genial!; Increíble que con expresiones tan pequeñas y gestos tan sencillos puede ganarse el corazón de un niño.
Con cuanta atención se inclina el catequista, para escuchar al que se queja del compañero, y a su vez, con cuanta delicadeza reprende al que se porta mal, o se dispersa más allá de lo normal. Con cuanta piedad maternal el catequista, ruega, ora, suplica a Dios, -por sus pequeños-deseando que descubran el tesoro tan grande que es la vida cristiana y de fe; así mismo, pide para que en la medida de sus posibilidades, vivan la comunión con Jesús.
Y cuando los catequizandos realizan sus sacramentos -es una experiencia tan maternal por parte del catequista- se siente como San Pablo, que los ha engendrado en la fe. Y es así, la maternidad espiritual es capaz de marcar la vida, de trascender.
Recuerdo un seminarista, que al presentarme con sus compañeros de grupo exclamo: “fue mi catequista” -Aunque yo lo hubiese olvidado o no lo reconociese ya-, él lo había guardado en su corazón.
No acabaría de mencionar todas las actitudes de corazón maternal que vive un catequista, pero ante todo es justo decir: ¡gracias catequista que pones rostro a la Iglesia madre y maestra; con tus gestos y actitudes haces palpitar el corazón de una Iglesia que se entrega por dar vida en el Espíritu, transmitiendo la cercanía de un Dios con entrañas maternales! como lo expresa el Profeta: “Pero ¿acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré (Is 49,15)”.
Y para cerrar con broche de oro, no podemos olvidar a María, ejemplar catequista, modelo de madre e icono de la Iglesia; innumerables son sus virtudes e incontables las actitudes maternales por aprender… en ella descubrimos, que tenemos fuertes cimientos de donde construir una espiritualidad de catequistas con corazón de madre.
¡Hasta la próxima, queridos catequistas!