La solemnidad de Cristo Rey del Universo fue instituida por el papa Pío XI en 1925 quien, en un mundo que acababa de pasar por los horrores de la Gran Guerra y empezaba a levantar algunas banderas ideológicas, escribió su primera encíclica “Quas primas”, en la que proclama a Jesucristo como Rey del Universo.

 

Hoy suenan con vibrante elocuencia en toda la tierra aquellas palabras bronceas grabadas en el obelisco de Heliópolis, hincado en medio de la plaza de san Pedro: “Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat”. Y, en este contexto, Cristo hoy desea sentarse en un trono: en nuestro corazón.

 

  1. ¡Cristo vence, reina e impera hoy! No podemos decir lo mismo de tantos reyes, emperadores y líderes políticos a lo largo de la historia. Ni de Julio César, ni de César Augusto, ni de Nerón, ni de Carlo Magno, ni de Federico II, ni de Isabel la Católica, ni de Carlos V, ni de Felipe II, tampoco de Hitler o de Mussolini, de Franco o de tantos otros dirigentes de naciones y pueblos. Todos ellos ya no existen. Hoy todas sus glorias están guardadas en el baúl del tiempo que gramaticalmente se conoce como “pasado” y, por tanto, no vuelven más.

 

¡Qué pequeño es aquel “veni, vidi, vinci” de Julio César al cruzar el Rubicón! Todo está en pasado. ¡Fue y ahora no es! Cuánta vanidad tenía Luis XIV, monarca francés, al pronunciar aquel “L’Etat c’est moi!”. Hoy la frase cambia un poco: “el Estado fue él”. Para ellos y tantos otros bien vale aquella afamada frase que descansa sobre las tumbas honoríficas barrocas: “sic transit gloria mundi”.

 

Ante este panorama, Jesús no es como los poderosos de esta tierra. ¡Su poder está vigente hoy! Aquel sepulcro vacío no nos engaña, sino que nos habla de un Dios que, atravesando con nosotros las vicisitudes de la historia, sigue presente en su Iglesia, su Cuerpo Místico. Manifiesta también su presencia en sus santos al paso de los siglos. Nos acompaña en el sacramento de la Eucaristía y nos da la certeza de que está con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos.

 

“Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que se han muerto… y es necesario que Él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo a ser derrotado será la muerte, porque Dios ha puesto todo bajo sus pies” (cfr. 1 Cor 15,15-26).

 

Jesús es un Rey que jamás conocerá la fuerza de un pasado sin retorno, porque Dios en la persona de Jesucristo quiso abrazar de una vez para siempre en la profundidad cósmica y misteriosa de su pasión, muerte y resurrección, el tiempo y la eternidad; pasado, presente y futuro. Por ello, nosotros cristianos, con los pies bien puestos en la tierra, miramos hacia la gloria del cielo, donde está Aquel que se nos adelantó, abriéndonos el camino que da a su Palacio, donde “Él será todo en todos” (1 Cor 15,28).

 

  1. Jesús es Buen Pastor, Vida, Pan, Luz, Camino, Verdad. Y, dentro de nuestro corazón, siempre es Rey. No un Rey como los de este mundo. Después de multiplicar los panes, todo el mundo con el estómago agradecido quiso declararlo rey y Él se retiró, huyendo de la gloria de este mundo. Duro fue aquel apodo dado a Herodes- “aquel zorro”. Jesús no gobierna como los poderosos de este mundo. Cuando tuvo que opinar sobre cuestiones que implicaban al emperador de por medio, no pensó dos veces- “al César lo que es de César”. Su manera de ser Rey va más allá de las categorías humanas.

 

Pilato también hizo unas preguntas interesantes a Jesús. La primera fue “Quid est veritas?” (¿Qué es la verdad?). En el fondo, él no sabía que la respuesta estaba misteriosamente escondida detrás de su pregunta. Si usamos todas las letras de la pregunta formulada en latín, cambiando las posiciones y formando otras palabras, tenemos la siguiente respuesta: “est vir qui adest!” (Es el hombre que está aquí presente). ¡La Verdad estaba delante de él y no se dio cuenta! La segunda fue “¿Tú eres rey?”. Y Cristo responde: “mi Reino no es de este mundo…”. Es Rey humilde que no se pone por encima de los demás. Es servidor de todos y espera que nuestros labios confiesen su poderío. Tanto así que le dijo a Pilato: “Tú lo dices”.

 

Delante de estas actitudes de Cristo aprendemos que el verdadero poder, el que realmente tiene autoridad, en realidad es el que sirve, el que se siente llamado al servicio y a la humildad. La palabra “autoridad” significa etimológicamente “aumentar, crecer”. Pero no es crecer en fama, en egoísmo, en prestigio social, sino hacer crecer a los que nos circundan, que crezcan ayudados por nosotros, por nuestro testimonio que arrastra y por nuestro apoyo fraterno que los sostiene. Quien mayor poder tiene, mayor responsabilidad de servir y ayudar al prójimo en el amor debe asumir.

 

No tenemos duda de que Cristo es nuestro Rey y en esta solemnidad Él nos invita a tomar conciencia de que servir es reinar. Cristo sólo acepta una corona, la de espinas. Un sólo trono, la cruz. Un solo manto, en trapo viejo y descosido. Vino para servir y no para ser servido.

 

  1. Cuántas veces rezamos “¡Venga a nosotros tu Reino!”. Que venga en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestros ambientes comunitarios, etc. Es por ello que nuestra vida cristiana consiste en encontrar en medio de los problemas que a diario nos acosan el Rostro de ese Rey que es capaz de traer su Reino de esperanza y de amor.

 

¿Dónde está su Reino? Está dentro del corazón de quien ama y lleva la Buena Noticia a todos los pueblos. Cuando damos de comer a quien tiene hambre, de beber a quien tiene sed. Cuando damos dignidad a aquella persona que no la perdió, ofreciéndole un puesto de trabajo, ofreciéndole un espacio para vivir, etc. Cuando acogemos con alegría al extranjero, al emigrante, al necesitado, al pobre, al enfermo, al pecador que ha caído, a los encarcelados, a los desechados… Cuando somos discípulos de Cristo, entonces su Reino viene y Él actúa en este mundo. Porque todo esto “a mí me lo hiciste” (Mt 25,40).

 

Sin embargo, cuando en nuestro corazón solamente hay protagonismo personal, ambición de poder y fama nos olvidamos que somos portadores del Reino, especialmente a los más sencillos. Siendo así, qué triste será escuchar en aquel ultimo día: “¡apartaos de mi presencia, malditos. Id al fuego eterno preparado para el demonio y sus ángeles!” (Mt 25,41). Y cuántos, por afán de protagonismo y poder, vivieron como se fuesen “reyes del mundo” y, en vez de vivir la autoridad como servicio, sabiendo que solamente eran “hijos del Rey”, quisieron ser servidos y no contemplaron el Rostro del Rey, manso y humilde. Cayeron quizá en el olvido del “pasado” porque no quisieron vencer, reinar e imperar con Cristo, por Cristo y en Cristo siervo. ¡Servir a Dios y al prójimo es reinar! Dios no encontró en el corazón de ellos espacio para establecer su trono y su reinado y por eso están relegados al olvido.

 

Sabiendo que nuestro corazón es el trono de Jesucristo, queremos aprender el don del servicio y de la humildad para que así Cristo realmente viva, reine e impere para siempre. Siendo así, nada mejor que concluir con las palabras bronceas del obelisco de Heliópolis, hincado en medio de la plaza de san pedro: “Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!”.

Fuente: Catholic.net